Thursday, November 11, 2004

Cuento corto

...debe continuar.

Ya estaba listo el atuendo. Lo demás también, solo hacia falta que llegara el momento, que las series de tiempo transcurrieran en su típico vaivén una tras otras para que se formara un susurro. La inspiración había cesado de respirar, el aletear de un gorrión en la mañana había quedado en los recónditos parajes de un instante después. Mientras que él seguía moviéndose sin percibir lo que sucedía en el entorno. No hacia falta mas nada para completar el acto; cada movimiento, cada pensamiento, cada voz, cada gesto, cada mirada, estaba dado. Ya era hora de que él dejara de amarla y volviera a ser el ser inerte que siempre había sido, y ella, la mujer que no puede percibir mas allá de su ser; ellos no comprendían lo que estaba apunto de ocurrir, no sabían cuando volverían de nuevo a sentir, a vivir, cuando volvería de nuevo el alma a su lánguida existencia.

El hecho no les preocupaba, ya que por su mente no pasaba que esto pudiera ocurrir, la sola idea parecía absurda, sacada de la imaginación fantasiosa de alguien que no esta en sus cabales. Pero allí estaban ahora, fríos, inermes, inmóviles, con una aparente sonrisa dibujada en su rostro y con el alma en otro mundo, o en este pero lejos de ahí. ¿Será que su Dios se había enojado con ellos por alguna circunstancia? Eso no lo sabían y no lo podían saber porque su vida no iba mas allá de los aplausos. Al escuchar esa sucesión de sonidos sabían que todo había terminado y que algún día volverían a comenzar, habían muerto una y mil veces y estaban preparados para continuar haciéndolo. La vida mas allá de esos sonidos no existía.

Mientras están con vida se preguntan así mismos porque no conocen a otras personas, a otros seres y porque sus voces pronuncian siempre las mismas palabras. Su mente empieza a divagar tratando de intuir lo que sucede, pero su cuerpo y su voz parecen tener otro dueño, no tienen control sobre si mismos, por mas que lo intentan saben que no pueden llegar mas allá de lo que esta preestablecido.

La rutina de la vida y de la muerte se apodera como un halcón de su presa, pero todo cambiara de rumbo de una manera repentina o mas bien desconcertante, el cuerpo que yacía al lado de esos muñecos estaba muerto. No volvieron a hablar, no volvieron a moverse, a sentir, a vivir, en ese momento si estaban muertos, esta vez para siempre.



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